El Mundo Peralta

agosto 22, 2008

Reencuentro (Parte 6)

Filed under: 03.01 Reencuentro — FlavioPeralta @ 1:32 pm
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Me es tan difícil de creer que por fin estoy junto a ella, que temo que si la suelto aunque sea un poquito el destino me la volverá a quitar como lo hizo hace medio año.

– Antes de irme le pedí a mi hermano que siguiera en contacto contigo. Siempre tuve noticias de cómo te iba.

Sus palabras, entrecortadas; me retumban en el oído, me aceleran el corazón, me humedecen los ojos, me hacen sonreír.

“Con razón me buscaba tanto.”

Después de que ella viajó su hermano se volvió extrañamente más amistoso conmigo. Siempre nos habíamos llevado bien pero de la noche a la mañana comenzó a llamarme, a preguntarme qué era de mi vida y a invitarme a sus fiestas o reuniones. Con el tiempo nos hicimos buenos amigos.

“Claro que yo también me aprovechaba de la situación.”

En esas salidas, cuando la magia de la juerga estaba a punto de esfumarse, el sol a punto de salir y el alcohol a punto de dejarme inconsciente; terminaba preguntándole por su hermana: que si había llamado a casa últimamente, que qué se cuenta, que cómo le va.

“No tenía otra opción después de la promesa.”

Le confieso al oído los interrogatorios a los que sometía a su hermano y la escucho reír un poquito, feliz de recibir esa noticia. Aún con una sonrisa en los labios y lágrimas en los ojos, levanta su cabeza para mirarme y decirme:

– ¿Ves que tengo razón?

En una reconciliación, luego de muchos yo tampoco quise y yo también lo siento, ella me confesó algo que me costaba creer.

Me contó que cuando quería saber lo que yo sentía o pensaba debido a ella, simplemente pensaba en lo que ella sentía o pensaba debido a mí. Me hizo ver que siempre coincidíamos en esas cosas, como si estuviésemos conectados de algún modo.

Esa vez que la escuché me mantuve un poco escéptico, pero mientras la miro así toda ilusionada y alegre sólo puedo comenzar a creerle.

Ella me mira un rato más, con una expresión ya mas calmada, y luego deja de presionar mi nuca con sus manos. Sus delicados dedos pasan por ambos costados de mi cuello, bajan por mi pecho y se detienen en mi estómago. Ahí, resbalan y se abren paso entre mi casaca y mi polo, para encontrarse nuevamente detrás de mí. La suelto por un momento para acomodar mi casaca, de modo que consiga cubrir su espalda lo más que pueda. Me aprieta un poquito, reposa su cabeza sobre mi pecho y se queda quieta, como si estuviera durmiendo. Suspira. La veo y me parece que duerme, siempre me parece que duerme y tiene el sueño mas lindo.

“Nuestro primer abrazo.”

Una helada madrugada de invierno limeño, saliendo de una reunión cuando todavía éramos amigos, estábamos esperando taxis en una esquina y se me acurrucó así porque me dijo que tenía frío. Esa madrugada, el quinto taxi que pasó fue el primero que paramos.

Esperando taxis, amigos; esperando entrar a cines, discotecas, teatros; parados en medio de la calle, en parques, en la universidad, el abrazo se siguió repitiendo. Una vez me confesó que estando así se sentía protegida… protegida y calientita.

“Nuestro abrazo especial.”

El último fue en el aeropuerto. Estuvimos así por tanto tiempo que parecía que no iba a irse, parecía que estábamos en algún parque, en alguna esquina, en alguna fila…

Tan Tin Tun… Pasajeros del vuelo CMP488, con destino… Madrid… por favor sírvanse pasar a la sala de embarque… número 10… avión listo a partir.

Pero una voz grabada me devolvió de nuevo a la realidad: ella se marchaba a terminar su carrera – y quizás hacer su vida luego – y ante una oportunidad como esa que se presenta una vez en la vida no se puede hacer mucho. Y cuando abordó el avión yo ya le había prometido que no haría lo único que se me pudo ocurrir.

“Y acá estoy, faltando a mi palabra.”

Mi pecho comienza a humedecerse y escucho sollozos nuevamente.

– Me lo juraste…

No logro salir de mi asombro. Me despego un poco y trato de mirarla; pero ella sigue descansando en mi pecho, con los ojos perdidos y mojados.

“Esta mujer a veces sabe exactamente lo que pasa por mi cabeza.”

Luego de escuchar sus palabras, recordándome esa promesa que ahora he roto, la culpa me tenía mudo. La sigo mirando mientras reposa en mi pecho sin saber qué cosa decirle.

“Claro que se lo juré.”

Ella alza la mirada y me mira como si la hubiera decepcionado.

– Hay que ser fuertes, mi amor, hay que ser fuertes.

Me lo quiere decir como si fuera una orden o unas palabras de aliento, pero su voz quebrada hace que suene como una plegaria en un susurro.

Como si tuviera un espasmo, vuelve a pegar su cabeza en mi pecho y me abraza con todas sus fuerzas sólo un instante. Luego me suelta, dirige sus manos hacia mis orejas (deteniéndose un poquito antes), acerca su cara a la mía y me hipnotiza con un beso.

“Qué ricos labios.”

No la suelto y los segundos se hacen eternos.

“Por favor que no termine.”

Deseo con todas mis fuerzas que este momento se repita indefinidamente, una y otra y otra vez; pero todo termina más rápido de lo que hubiera querido. Ella se despega y sus manos van hacia las mías, que la tienen sujetada por la cintura. Las toma y me lanza otro de sus ruegos que aspiran a ser ordenes.

– Suéltame, por favor.

Confundido, miro su rostro suplicante y lo hago a pesar que no quiero. Ella suelta mis manos, agacha la cabeza para no verme, gira sobre sí misma y comienza a alejarse despacio. Noto que acelera el paso mientras se pasa la mano por el rostro.

“¿Se habrá dado cuenta que ha dejado su mochila?”

A mi costado, a mis pies, yace su mochila cual mudo testigo de todos los hechos. Ella está huyendo tan rápido que me parece que todavía no ha notado que la dejó. En cuanto a mí, ya comprendí que ese fue un beso de despedida.

Siento la derrota, la soledad, el fracaso. Los momentos tan felices de instantes atrás ahora se ven a un mundo de distancia. Mientras veo como se aleja, llevándose consigo mi felicidad, me siento extrañamente descansado.

Abro los ojos.

Ahí me encuentro yo, echado en mi cama mirando al techo.

.

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